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Así fue la búsqueda del nuevo chelo para Antonio Peula

Tocar un instrumento de cuerda tiene sus “inconvenientes” -por decirlo de algún modo- respecto a otros instrumentos. Este tipo de piezas tiene distintos tamaños y, a medida que el niño crece, debe cambiarse para adaptarse a la evolución de su estatura. Se une que no se trata de un instrumento económico. 

Esto es lo que le ha sucedido ya en varias ocasiones a Antonio Peula. El joven chelista comenzó por uno de la talla ¼; poco después, precisó un ½, hasta que dio un nuevo estirón y pasó a necesitar un ¾. 

Para hacernos una idea: el precio de un chelo puede ir desde los 200 euros, los más básicos, hasta millones de euros, como es el caso de los famosos stradivarius. Nos lo cuenta Elisa, la madre de Antonio Peula: “Los más baratos son los que se suelen comprar cuando empiezan en el conservatorio, pero a medida que Antonio ha ido creciendo, hemos necesitado un instrumento de una cierta calidad, pues ya tocaba obras más complejas”. O como suelen decir los lutieres, necesitaba “colorear la música”, algo que ciertos instrumentos por sus limitaciones no permiten.

A la dificultad habitual de encontrar ese instrumento perfecto se le unió un imprevisto: una pandemia mundial. Las restricciones de movilidad supusieron una complicación extra para los padres de Antonio, que necesitaban viajar a otras ciudades para encontrar ese instrumento que el chelista ya necesitaba con urgencia.

Encontraron un chelo antiguo que a Antonio le encantó. “Tuvimos que llevarlo, literalmente, a un veterinario para que le hiciera radiografías, porque nuestro lutier, que siempre nos ha ayudado mucho, quería ver cómo estaba la madera por dentro”. El instrumento no se encontraba en las mejores condiciones: tenía algunas grietas, le afectaba mucho la humedad… Pero Antonio se enamoró de ese chelo. “Fue difícil devolverlo porque a él le gustaba mucho, pero tenía muchas limitaciones, así que no hubo más remedio”.

Ayudados por su lutier, ampliaron la búsqueda a toda Europa hasta llegar a Viena. “Se trataba de un chelo que reunía todas las condiciones para Antonio. Negociamos hasta conseguir una buena oferta”, relata Elisa. Finalmente, se lanzaron a comprarlo y “mereció merecido la pena 100%, ya que Antonio está muy contento”. 

Gracias a este instrumento, a día de hoy Antonio continúa creciendo musicalmente. “No habían pasado ni dos semanas cuando nos dimos cuenta de que estaba evolucionando rapidísimo”. Una búsqueda que finalmente ha tenido un final feliz: Antonio sigue desarrollando su talento y evolucionando como músico. A seguir coloreando música.

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